Según un reciente estudio llevado a cabo por investigadores de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, las moléculas de nuestro ADN, si bien no lo hacen todo el tiempo, son capaces de emitir un ligero brillo fluorescente.
Gracias a este descubrimiento, se podría prolongar el estudio de las células sin ponerlas en riesgo, pues para ello se han usado baños de sustancias fluorescentes que permiten que veamos las moléculas con los microscopios fluorescentes.
La ventaja de evitar este procedimiento de "tintar" las moléculas, es que ello acaba dañándolas y mueren en pocas horas. Tal y como explica Vadim Backman, el autor del estudio, hasta ahora es posible que sólo observáramos células muertas:
Las células podrían morir en tan sólo dos horas, así que se pueden hacer análisis en los primeros treinta minutos. Pero, ¿qué sería exactamente lo que se estudiaría? ¿Qué estarían viendo? ¿Podrían observar procesos activos de las células? ¿O sólo estarían mirando los procesos de una que está a punto de morir? Nadie lo sabe.
Este destello natural de las moléculas no se produce siempre, y se puede propiciar aplicando luz sobre la molécula de ADN para resaltar su fluorescencia natural. Esta luz no la dañaría y así se podrían estudiar durante más tiempo.
No es la primera vez que traemos a Xataka Ciencia a Evgeny Morozov. Por aquí ya habíamos hablado de su libro El desengaño de internet. En esta ocasión, regresa con otro volumen en el que carga de nuevo las tintas contra las nuevas tecnologías, sobre todo internet, bajo el título: La locura del solucionismo tecnológico.
Como ya hemos dicho, Morozov no es un analfabeto digital. Es Schwartz fellow en la New America Foundation, Yahoo! fellow en el Instituto para la Diplomacia de la Universidad y profesor en el Open Society Institute de Nueva York, además de contar con decenas de artículos sobre tecnología en diversos medios, como Newsweek, The Wall Street Journal, Herald Tribune o Le Monde.
Nos podemos tomar el libro de Morozov de dos formas. La primera es como una extraordinaria recopilación de información a propósito de lo más puntero del ámbito de internet, que sin duda expande las fronteras de todo lo que creíamos saber. Por el otro, como una especie de advertencia frente a tanto entusiasmo tecnológico.
Para Morozov, la tecnología es importante, pero no todo puede solucionarse con la tecnología. Y, a menudo, cuando los tecno-optimistas ofrecen sus recetas, éstas adolecen de una falta de análisis elemental de la situación, siempre compleja, de la sociedad que interactuará con esa solución. Para Morovoz, las recetas tecnológicas, en términos generales, son simplonas y suelen obviar los efectos secundarios adversos.
Por ejemplo, al analizar el tema de la educación, Morozov es muy crítico con la tecnología: internet, Wikipedia y los MOOC´s son excelentes transmisores de datos, de información en bruto, pero ello dista mucho de parecerse a una educación, a la educación crítica y las herramientas para aprender a pensar mejor que disponen los profesores tradicionales.
Pero en éste análisis, e igualmente en todos los que vierte Morozov, parece advertirse el mismo error de fondo: tiende a comparar el peor escenario geek con el mejor escenario no geek. Es decir, compara algún cursillo online que fue un fracaso con un paradigma de profesor universitario excelente. Estas comparaciones, pues, resultan un tanto torticeras, y es fácil que su tesis quede defendida ante tal escenario. Pero Morovoz parece olvidar que hay más alternativas tecnológicas que funcionan mejor, o que los profesores no siempre intentan hacerte pensar mejor o de forma más crítica (de hecho, mucho profesores son más zombis y atonales que Wikipedia, cuando no peor).
Con todo, La locura del solucionismo tecnológico es un excelente libro para reflexionar críticamente sobre todos los avances tecnológicos que se nos avecinan, y sobre todo para estar preparados para los efectos adversos o las exageraciones de algunos vendehumos. Porque, a veces, hay que ver las cosas desde el otro punto de vista.
Sea como fuere, La locura del solucionismo tecnológico nos ha inspirado para escribir algunos artículos en Xataka Ciencia, como:
– Thomson Reuters Predicts Nobelists. According to citation statistics, researchers behind programmed cell death pathways and CRISPR/Cas9 are among those in line for Nobel Prizes this year.
Z Franchises cree que se les está boicoteando desde Murcia. En abril la matriz difundió una circular en la que ordenaba que todas las comunicaciones con Llaollao Asia se hiciesen en español, a pesar de que allí nadie conoce el idioma. “Si recibimos un ‘email’ en inglés, respondemos en castellano […] independientemente de que los interlocutores conozcan o no nuestro idioma“, dice Espinosa Martínez en el correo. “Es una situación insólita, tenemos a toda la oficina trabajando con Google Translator, intentando comprender comunicaciones importantes, donde los matices cuentan, así no se puede trabajar”, explican desde Z Franchises.
Hubo una vez una criatura extremadamente simple como es el moho del fango (Dictyostelium discoideum) que desconcertó a los científicos por largo tiempo y cuyo comportamiento solo empezó a descifrarse cuando se rompieron las barreras que separan las distintas disciplinas hasta que la Biología Molecular y la Física se dieron la mano, y también se unieron la embriología, las matemáticas y las ciencias informáticas.
Esta fábula no habla de ratones parlanchines o conejos rurales, sino de una miríada de organismos unicelulares diferentes que se mueven independientemente unos de otros y que, globalmente, conforman un único ser denominado moho del fango.
Pero esta capacidad solo es temporal y, en un momento dado, puede suceder que vuelvan a estar todos los organismos separados entre sí. Como ese robot gigante que se construye uniendo entre sí cada robot individual de los Power Rangers. Steven Johnson, en Sistemas emergentes, lo describe de este modo:
Bajo las condiciones adecuadas se producirá la coalescencia de esas miríadas de células en un solo organismo mayor que comienza a reptar pausadamente por el suelo del jardín consumiendo a su paso hojas y cortezas en descomposición. Cuando el entorno es menos favorable, el moho del fango se comporta como un organismo aislado; cuando el tiempo es más frío y el moho dispone de una cantidad de alimento mayor, “él” se transforma en “ellos”.
Ello le permitió descubrir cuál era la forma de resolver el laberinto recurriendo solo al moho. Y el moho logró usando esta clase de inteligencia, la misma que guía a las colonias de hormigas o al crecimiento de las ciudades, una inteligencia sin cerebro, que únicamente nace de la unión de múltiples organismos.
Moho, células e IA
Todavía no entendemos completamente al moho del fango, pero si lo lográramos ello nos daría claves para comprender el gran misterio de la fisiología humana, esto es, el hecho de que todas las células de un cuerpo funcionen tan coordinadamente. Como señala Johnson: “Si lográramos descifrar cómo se las arregla el Dictyostelium, quizás encontráramos también las claves de nuestra desconcertante unidad”.
Esta capacidad tan asombrosa de coordinación ad hoc incluso condujo a los investigadores a conjeturar que las células del moho del fango pudieran segregar una sustancia llamada acrasina o monofosfato de adenosina, que de algún modo estaba vinculada al proceso de agregación. Y es que el mecanismo que permite la agregación de las amebas se basa en el adenosín monofosfato cíclico. Sin embargo, las cosas son más complicadas.
En un relativamente desconocido ensayo de Alan Turing, el brillante decodificador durante al Segunda Guerra Mundial, se abordaba el tema de la “morfogénesis”, la capacidad de todas las formas de vida de desarrollar cuerpos cada vez más complejos a partir de orígenes extraordinariamente simples. Turing había esbozado un modelo matemático donde agentes simples, de acuerdo con reglas simples, generaban estructuras extraordinariamente complejas. “El trabajo de Turing se centraba en la recurrencia de los patrones numéricos de las flores, pero usando herramientas matemáticas demostraba cómo un organismo complejo podía desarrollarse sin ninguna dirección o plan maestro.”
La biomatemática de la Universidad de Harvard Evelyn Fox Keller y el físico Lee Segeldemostraron que las células del moho de fango podían disparar la agregación sin seguir a un líder, alterando simplemente la cantidad de acrasina que liberaban individualmente. Los experimentos probaron que las células del moho de fango se organizaban desde abajo, sin un pensamiento o cerebro centralizado. Son sistemas ascendentes y no descendentes. Extraen su inteligencia de la base.
El estudio de la conducta del moho de fango, finalmente, forma parte de un conjunto de investigaciones que han ayudado a transformar la comprensión del desarrollo biológico, pero también ofrece y ofrecerá claves sobre disciplinas tan dispares como el diseño de software o los estudios urbanísticos.
Comprender el modo en que los sistemas cambian, como evolucionan, en una palabra, como aprenden, también contribuye a diseñar Inteligencias Artificiales más capaces. En otras palabras, si algún día Skynet adquiere consciencia de sí misma y decide destruir a la especie humana, al final, quizá, lo habrá conseguido gracias a la extraña inteligencia emergente del moho del fango.
Cada vez son más los dispositivos que permiten identificarte o desbloquearse haciendo uso de tu huella dactilar, desde ordenadores portátiles hasta el smartphone, pasando por el vehículo.
En países como Malasia, las mafias han llegado a amputar dedos de los propietarios de coches de lujo como el Mercedes S-Class para activar el sistema de reconocimiento dactilar. Pero no hace falta ir hasta Malasia (ni ser tan gore), hoy en día los hackers tienen muchas formas de lograr nuestros datos dactilares o violarlos.
La biométrica hackeada
Si bien nuestra huella dactilar es única e inimitable, al menos hasta límites razonables, obtener una copia de la misma no es tan difícil como parece, tal y como ha demostrado Tsutomu Matsumoto, un investigador en materia de seguridad de la Universidad Nacional de Yokohama.
La técnica consiste en hacer una foto de una huella dactilar que haya quedado impresa en algún sitio, por ejemplo, una copa de vino, que posteriormente se recrea en un molde de gelatina. Abunda en ello Marc Goodman en su libro Los delitos del futuro:
La técnica es lo bastante buena como para engañar a los escáneres biométricos el 80 por ciento de las veces. Otros piratas informáticos han utilizado la plastilina de niños para crear moldes de huellas dactilares lo bastante buenos como para burlar el 90 por ciento de los lectores de huellas dactilares. A medida que los controles de acceso biométrico proliferen, también proliferarán los motivos para derrotarlos.